viernes, 2 de enero de 2015

Una carta, una piña




…Mi amigo G. no tenia dinero pero su vida errante le procuraba tesoros. Un día pasaba hambre. No había desayunado ni tenia perspectiva de almorzar

Parado en un esquina –escribe- esperando no se qué miraba las piñas dispuestas en un carretilla que algunos compraban y  comían con unción. El hambre corroía mis tripas mientas las miraba fijamente. No había ni los cincuenta céntimos que costaba la tajada en mi bolsillo. Una señora al lado, que daba cuenta de su tajada, me observaba con ojos compasivos. Y de pronto me habló: ¡Coja una piña, joven. Vamos, coja, le invito! Y acto seguido cogí mi piña, agradeciéndole.

El instante siguiente fue mágico. La carta d de G. desde la selva peruana hasta Maine EEUU donde radicaba trasladó aquella fruta generosa hasta mi mesa triste.

Sin proclamarlo, pequeñas personas libran a diario la gran guerra contra el pesimismo. Si un señora te invita una rodaja de piña cundo te ve con hambre, o si un amigo te envía una carta cuando te mata la pena, quizás hay  mucha más esperanza oculta en este mundo. Si te ocurre, si la encuentras, recibe el gesto, da la gracia. ¿Y, porque no? , atrévete a hacer lo mismo por quién  menos se lo espera. Una carta, una piña...

Marco Avilés

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