sábado, 3 de enero de 2015

El bombardero sentimental por Renato Cisneros



 Matías Giurato Roeder no era nadie cuando en 1935 abordó el barco que lo llevaría del Callao a Estados Unidos.  Había esperado cumplir dieciocho para escapar de su casa en Trujillo, donde su padre –un italiano tosco, huraño, intratable- se había acostumbrado a hacerle la vida de cuadritos.

Lo único que le causó pena la tarde en que zarpó fue el recuerdo de sus hermanas  y en especial el de su madre, Rosa. Había sido ella quien sembró en Matías la desbordante curiosidad que le despertaban sus antepasados  Roeder: Desde chico, cada vez que oía las historias  de esos pueblos aledaños al puerto de Hamburgo donde había nacido su abuelo, se prometía una y otra vez que algún día visitaría esa ciudad que en el atlas aparecía atravesada por el rio Elba.

Una mañana, dando vueltas por la gigantesca embarcación, Matías se cruzó con un gringo de apellido Mc Donald. Durante las largas  semanas que estuvieron a bordo se hicieron buenos amigos, viéndose a diario, extendiendo la conversación por horas. Nunca nadie había tratado a Matías como un adulto ni le había preguntado en que soñaba convertirse. El señor Mc Donald lo vio tan deseoso de hacerse un lugar  en el mundo que ofreció darle –además de su hospedaje en una hacienda de Washington- su propio apellido para solucionar los problemas legales que seguramente encontraría al llegar a Norte América.  Matías encontró magnifica  esa alternativa: no solo por las facilidades migratorias que traía consigo sino porque con ella consolidaría el acto de independencia que simbolizaba su viaje. Si ya había escapado de su padre, por que no renunciar de una vez a ese apellido italiano que solo era sinónimo de malos recuerdos.

El día que finalmente ingresó a territorio estadunidense lo hizo como ciudadano  de ese país bajo el armónico nombre  de Matías Mc Donal Roeder.  Después de pasar casi un año probando suerte en trabajos fugaces en los que no duraba ni un mes, el chiquillo se enroló en las fuerzas armadas para hacerse piloto. Después de todo siempre  le había ansiado la idea de volar, además mantenía vivo el deseo de llegar en avión  hasta  Alemania para indagar por esa parte de su familia materna, una obsesión, un cable hacia lo que él sentía que eran sus verdaderas raíces

El ingreso de los Estados Unidos a la segunda guerra mundial lo encontró  recién ascendido a sargento. Dos verano más tarde, ya de subteniente, le asignaron  uno de los avión B7  que participarían el teatro de operaciones europeo…Le ordenaron ejecutar, junto las fuerzas aéreas británicas la Operación Gomorra cuyo efectivo era la destrucción de Hamburgo…
Cada vez que dejaba caer una bomba, el joven trujillano recordaba entre lágrimas las historias de que su madre le contaba acerca de aquellos parientes alemanes…

Renato Cisneros

No hay comentarios:

Publicar un comentario